Juana Ventura junto a su abuela

Juana Ventura tiene 13 años, siete hermanos y una abuela desde el mes pasado. Sus padres y sus dos hermanos mayores murieron sepulatados en el basurero del sector 3 de ciudad de Guatemala. Su desgracia ser “guajeros”, buscadores de basura, en una zona en la que por las lluvias se derrumbo. Junto a ellos desaparecieron otras cincuenta personas al moverse más de 30.000 toneladas de basura y abrirse una grieta de cuatro metros en el suelo. Juana comienza ahora una nueva vida.

En la misma continúan más de 900 personas, las mismas que habitan los asentamientos de chabolas que rodean el gran basurero. En el cielo sobre vuelan los zopilotes, una variante americana de cuervo. Y es que cuervos y guajeros compiten por la mercancía que el resto de la ciudad deshecha. El olor del ambiente se clava en la garganta. Las moscas lo invaden todo.

 

Camino durante más de cuatro horas por estos asentamientos. Las chabolas han ido proliferando en las pendientes, parchean el paisaje con sus placas de madera, metal o cartón. A estas zonas les llaman palomares porque vive la gente como las palomas. Araceli López vive de alquiler en uno de ellos. Su casa no tiene baño. Ni siquiera la chavola es suya. Todos duermen en el suelo sobre cartones. Son cinco, ella su marido y tres hijos. Su suegro trabaja en el basurero, su marido en un taller, ella estudia para peluquera. La semana pasada se le quemó el único colchón por un cortocircuito. Ni los bomberos quiesieron acercarse a la zona. El sector tres no lo existe para muchos.

Jeny Serrano también estudia para peluquera. Lo hace en Junkabal una centro de formación que surgió en los años 60, la primera institución en atender a esta población. Allí le controlaron la salud durante el embarazo, le dieron víveres después para controlar la desnutrición de su hijo y aprendió a cuidar el higiene pues también vive de alquiler en 10 metros cuadrados. En su casa el único colchón sigue seco. En él duermen los tres. Ahora colabora en Junkabal para llevar a más señoras, vecinas y familiares suyas, para ganar algo en autoestima. Ella ya la tiene. Pronto colocará un letrero en su chabola para hacer mechas y planchas. Podrá ganar más que su marido.

Domingo del Rosario Ren ya lo hace. Es viuda, tiene cuatro hijos, a su madre viuda y a un nieto que mantener. “Junkabal ha sido una bendición para mí. Allí aprendí a lavarme, a cocinar, coser y ahora a peinar”, asegura sin complejos. El techo de su casa está inclinado. La chapa de metal sobre sale por una de las esquinas. “Es que no llegué a colocarla bien”. Y por su casa pasan vecinas de patio, amigas y familiares bien para encargarle una sobrecama, un peinado elegante o unos pasteles. “Antes sólo tenía el basurero y allí sientes que la vida no vale nada”.

En el basurero murió su marido. Lo mataron en una disputa entre guajeros. Encontraron zinc, lo más valioso. Y la pelea acabó en disparo. Junkabal no le devolvió a su marido pero sí le dio las herramientas para reponerse y seguir luchando.

Como estas mujeres, hay otras 350 a las que capacitan en talleres, forman como personas y mueven a crear su propia empresa. La ONG navarra Onay colabora con la financiación. Una buena causa. Un motor de cambio contra la espiral del basurero.