Entre metro y metro de Madrid me traslado a los 8.000 metros, el campo IV del K2 donde Kurt Diemberger junto con Julie pasó más de dos semanas. Él pudo bajar con vida. Ella quedó para siempre descansando en su tienda de altura. La historia la relata el propio himalayista austriáco en “K2, el nudo infinito”. Un libro que me terminé entre Sol y Banco de España.

Más de 12 personas fallecieron en el asedio a esta gran pirámide de hielo. Fue el año negro del k2 en 1986. Más de dos semanas por encima de la línea de la muerte, establecida en los 7.500 metros. A partir de esta altura tu cuerpo está a la merced de la suerte. La sangre densa como la miel. El riesgo de edema pulmonar o cerebral crece o decrece como una ruleta rusa. En aquel año, una cadena de circunstancias y de decisiones conviritieron el campo IV en una trampa mortal para muchos expertos montañeros.

“Una vez le pregunté a alguien si valía la pena algo así a cambio de un ochomil y me respondió que sí, que por esta montaña sí. Estábamos al pie del K2 y Julie estaba a mi lado. Era un día maravilloso. El sol lucía fuerte y la luz brillaba sobre el hielo”.  Días después fallecía Julie, su compañera.

Impresiona la capacidad de tomar decisiones a esa altura. Ahora entiendo el éxito de montañeros en conferencias para empresarios sobre liderazgo. La vida está llena de grandes decisiones. Y tomarlas es aceptar también sus consecuencias. Kurt la tomó y con dureza aceptó sus duras consecuencias, perdiendo a su compañera y la falange de los dedos de sus dos manos.